Cinema a la fi (2010)
(Cine al fin)



Cine al Fin es un road movie documental que propone el viaje interior de Meritxell a través de las imágenes. Nos introducimos en su recorrido por Argentina en busca de un último cine geográfico y metafórico en el fin del mundo. Dejamos que ella nos lleve por su manera singular de mirar el cine a la vez que nos introducimos en el viaje que propone el cine en la sala oscura. Y en ese viaje el espectador irá descubriendo la transformación del cine desde el pasado, pasando por el presente, y hacia el futuro.

   

FICHA TÉCNICA

Año de producción 2010. países productores ESPAÑA ARGENTINA duración 74 min. aspect ratio 16:9 formato HD

Una producción de ELS FILMS DE LA RAMBLA S.A. y TRAVELLING FILMS en coproducción con TELEVISIÓ DE CATALUNYA, con la ayuda IBERMEDIA y la participación del ICIC  con la intervención de JOSEP MARÍA MIRÓ HORACIO GUASCO LUIS AMÉRICA MERITXELL SOLER directora de producción MAITE FONTANET música SAMI ABADI director de fotografía JULIÁN VÁZQUEZ cámara JULIÁN VÁZQUEZ ADRIÁN BERGAMÍN GASTÓN BERGAMÍN sonido directo ALBERT GAY montaje MERITXELL SOLER y JULIÁN VÁZQUEZ productor delegado TV3 JOSÉ MARÍA SAN AGUSTÍN coordinación de producción DANIEL FERRER postproducción INFINIA S.A. productores VENTURA PONS  JULIÁN VÁZQUEZ y JORDI AMBRÒS (TV3) escrita y dirigida por MERITXELL SOLER y JULIÁN VÁZQUEZ 


BIOGRAFÍA DE LOS DIRECTORES

Meritxell Soler. 1979. La Garriga, Barcelona.

Licenciada en Bellas Artes por la Universitat de Barcelona, especialidad de Imágen. Estudia Design und Multimedien en la Fachochschule Augsburg (Alemania) y Dirección de Cine en la Escuela Profesional de Cine Eliseo Subiela (Argentina).

Cineasta seleccionada para representar Barcelona en el festival City Zooms (Bremen). Dirige diversos cortomentrajes ("Travelling", "Where are you going?", "For-to-like-mi") en sección oficial en L’Alternativa, Festival de Cine Independiente de Barcelona, Up&Coming (Hannover), Cityzooms (Bremen), entre otros. Miembro de Jurado FICC en el Festival du Films du Fribourg (Suïza). En 2005 dirige el film documental “Alhambra (el meu cine)” producido por Paral.lel 40 y Televisió de Catalunya, y en 2006 “Nadal d’Estiu” emitido en el mismo canal.

Trabaja como artista visual y su trabajo es presnetado en diversas exposiciones. Funda Travelling Films con Julián Vázquez y producen “Nadal d'Estiu” y el cortometraje “Happy Hours” de Julián Vázquez. Co-dirige “La Nariz de Perón”, documental para televisión.  Su primer largo documental “Cinema a la Fi”, fue escogido por el INCAA “Programa País” de Argentina para desarrollo de guión en el Festival Tandil Cine 2007 (Argentina) y fue premiado en el DocsBsAs 2007 como mejor idea para desarrollar con el workshop Scrips&Docs (Observatorio de Cine).

Julián Vazquez. 1971. Buenos Aires, Argentina.

Licenciado en Dirección de Cine y Fotógrafo. Trabaja como fotógrafo profesional desde 1997. En cine trabajó como foto fija en las películas “Amor en Tránsito” de Lucas Blanco; “Aparecidos” de Paco Cabezas, entre otras.

En 2005 funda Travelling Films junto con la fotógrafa y cineasta Meritxell Soler.
En 2006 dirige su primer mediometraje de ficción “Happy Hours”, en sección oficial en “El Cine de Lima” (Peru), en el “Festival de Cine Independiente de Mar del Plata, Marfici 2007”, entre otros. En 2007 es seleccionado para participar del Buenos Aires Talent Campus durante el 9 Bafici. En 2008 dirige junto a Soler el documental “La Nariz de Perón” emitido por TVC y en Canal 7 Argentina. Su ArtFilm “Deconstruyendo Acido” (2009), participa en los festivales de diseño “MUCA” Ecuador, “Magazine Library” Tokyo-Japón y “Trimarchi” Mar del Plata-Argentina en 2011. También en 2011 finaliza con Soler su primer largo documental “Cinema a la Fi” en co-producción con Els Films de la Rambla (Ventura Pons), Televisió de Catalunya, Ibermedia e ICIC.


FOTOS


Viaje a través de la pantalla
*** Por Emiliano Basile, Escribiendo cine

Meritxell Soler hace con Cine al fin (2011) un viaje introspectivo a través del cine. Pero no de la historia del cine, con sus personajes y sus clásicos, sino a partir de su ontología. Es el cine como vehículo de transmisión de sensaciones y ventana a otros mundos el quele permite a la protagonista emprender un recorrido por las viejas salas en inminente desaparición.

Meritxell Soler, escritora y directora del film junto a su marido Julián Vázquez, arranca el relato en su pueblo natal en Cataluña, España. Más precisamente en La Garrida, la sala de barrio destinada al cine arte que aún sobrevive a los negocios inmobiliarios modernos que transforman las antiguas salas en centros comerciales. Meritxell narra en su catalán originario su experiencia análoga en Argentina, cuando viajó a estudiar cine y rápidamente “hechó raíces”, como bien dice. La historia de Meritxell continúa con el cine América de Buenos Aires, desmantelado recientemente, pasando por El Bolsón, Bariloche y Tierra del Fuego.

Cine al fin tiene la virtud de fundir el cine con el viaje de su protagonista para hacer un recorrido interior por los templos cinematográficos y su relación con la memoria pasional de quienes se nutrieron de las imágenes proyectadas. De esta forma, el documental se torna cinematográfico no por citar films o rememorar sus estrellas, sino por utilizar el dispositivo cinematográfico -una cámara de 16mm, la pantalla como ventana de mundo, la sala como espacio mágico para la construcción de la memoria, etc.- para narrar la experiencia interna sensorial del viaje de la protagonista.

Por momentos poético, por lapsos noble a la causa de recuperación y conservación de espacios culturales, Cine al fin es una propuesta personal de la cineasta oriunda de Cataluña que se universaliza por el poder de su mirada, la misma que busca la ontología del cine para expresar las múltiples e inexplicables pasiones que despiertan las imágenes cinematográficas en el interior de cada ser.

DATO: Cine al fin es el tercer largometraje documental estrenado en 2011 por realizadores que pasaron por las aulas del Observatorio (Escuela de Cine Documental). Los otros son Criada de Matías Herrera Córdoba y Familia Tipo de Cecilia Priego. Se puede ver durante el mes de Septiembre en el cine Cosmos-UBA.


Salas que el viento se llevó
Por Horacio Bernades, Página 12

“Todo acaba así”, dice el viejo dueño, administrador, cajero y, seguramente, boletero del muy barrial Cine Alhambra, cuando su interlocutora le cuenta que otro cine, ubicado a decenas de miles de kilómetros de allí, inmensamente más grande que el suyo, será tirado abajo para dar lugar, se supone, a un shopping. Antes de que todo acabe, la catalana Meritxell Soler viajará hasta el confín más austral del planeta en busca de una sala de cine que tal vez sobreviva. De allí el título de este documental hispano-argentino (¿o debería decirse catalán-argentino?), dirigido por la catalana Soler y su pareja argentina, Julián Vázquez. Cine al fin. Al fin de cuentas, al fin del mundo, ¿al fin del cine?

Soler es sorda, o casi. Quedó así tras un raro accidente, o virus, sufrido durante su primer viaje a Buenos Aires, a mediados de la década pasada, cuando vino a estudiar cine (en la escuela que dirige Eliseo Subiela, daría la impresión, dado un cameo del director de Pequeños milagros). A falta del oído queda la vista. Tal vez por eso lo primero que se oye en off, en la voz de la correalizadora, es la referencia a un blanco que, de tan radiante, enceguece. Como la referencia tiene lugar frente a una pantalla de cine (la del Alhambra, única sala de La Garriga, pequeño pueblito vecino de Barcelona), el espectador supone que esa blancura será la de la pantalla. Al final de la película, al final del viaje emprendido por la realizadora (y protagonista: Cine al fin es un documental en primera persona), todo es pura nieve. Soler ha ido a parar a Tierra del Fuego, donde aún sobrevive un cine, llamado Packewaia, que logró renacer a militares, incendios y el hundimiento del Titanic. “Aquí, las imágenes las proyectan acá”, dice Soler y abre los brazos, mostrando otro blanco radiante, el de la pura nieve.

El viaje de La Garriga a Bahía Lapataia tiene una primera escala en Buenos Aires y otra en El Bolsón. Allí nació Julián Vázquez, correalizador, coguionista, coeditor y fotógrafo de Cinema a la fi (producida por el conocido realizador Ventura Pons, la película está enteramente hablada en catalán, con subtítulos en castellano). Ambas paradas son líricas, melancólicas, memorables. En Buenos Aires, Vázquez filma a Soler en el interior del cine América, monumento vivo a la sustitución del cine por la nada. Allí no quedan pantalla ni butacas. Soler se sienta en lo que alguna vez fue la platea y Vázquez planta la cámara en las últimas filas del superpullman, de tal modo que la pequeñísima figura de la mujer parece perdida en medio de un desierto. Desierto mucho más árido y gélido que aquellas desoladas extensiones fueguinas.

En El Bolsón, Soler se pasea entre las ruinas de un cine que se prendió fuego. Entre las ruinas, un rollo de celuloide. Pegado al rollo, un tronquito que hizo raíz y se adhirió. “Ya tengo mi película arraigada”, piensa Soler en voz alta, y se va. De vuelta en La Garriga, la reciben las puertas tapiadas de las viejas casas, los carteles que anuncian próximas urbanizaciones: la burbuja inmobiliaria, el mundo antes del último crac. O el penúltimo: no es el cine lo único llamado a finalizar.

 

La implacable búsqueda de ese sentido universal de la existencia
Por Gastón Lifland

La introducción de la película describe a la protagonista y la pone en situación témporo-espacial, de su ciudad natal a una gran ciudad lejana, desde lo más sencillo de esa vida hasta el desborde de ésta, de aquella donde no se ven casi jóvenes a ésta llena de tránsito y vitalidad donde incluso los médicos del primer accidente del relato son jóvenes, de la serenidad al bullicio, de la calma al caos. Las imágenes de esto son hermosas, incluso desde el dolor.
Luego aparece la protagonista en escena y se ocupa en primera persona de construir su personaje, con simpatía, y en compañía fraternal del longevo propietario del cine del barrio natal, cinéfilo. Es quizás la fase más estática de la película y no termina de redondear su sentido acabadamente, deja la impresión que algo se escapa, quizás por una prolongación algo en exceso de su sentido.
Pero desde aquí todo comineza a brillar, y aparece magistralmente el ingrediente mejor afinado, la música. Esta colabora con sobrado brillo en la elaboración de los mejores momentos, en los pasajes más memorables, en las secuencias del viaje al sur, en los más bellos planos, en la poesía de los gestos, en el sentido de la obra, que aparece de la nada y fugazmente nos deja penando en sus desapariciones, que luego serán euforia ante cada retorno, y nos deja fundamentalmente el peso de su ausencia en los momentos donde nos introducimos al cerebro Soleriano, esos planos donde la única música es la que emite el proyector, allá y acá, y en el sur de la patagonia, donde el mecanizado de este aparato nos da contexto y lugar de estar en ese universo rotativo de la autora, y cada imagen se sucede con otra, como un motorcito que no puede parar, su motorcito, donde aparenta cierta urgencia, que no es menos que la implacable búsqueda de ese sentido universal de la existencia, del ser, con la angustia imprescindible de la conciencia de la finitud, propia y del cine mismo, quizás, o de sus cines, tal vez, de allí la impronta del "arraigo" tal como se relata, que no es otra cosa que enraizar, echar raíces, pertenecer, desarrollarse y reproducirse, y finalmente fenecer, pero allí donde las imágenes se proyectan en grande, en el cine del fin del mundo, si es que eso es un fin.
Los pocos compañeros en su viaje que dibujan su silueta, allá y acá, pudieran ser los únicos de existencia visible, que pudieran documentar, dar testimonio del enigma de sus desapariciones, del final de los cines, del final de sus existencias, tal como lo hacen la lata del ex cine de Buenos Aires y el trocito aferrado a la naturaleza, entidad eterna si las hay, en el ex cine de Bariloche.
Las imágenes del viaje el sur del país rotan aceleradamente, con frenesí y belleza, y coinciden con el sueño de ella, acurrucada en la cama diseñada desde el asiento de un colectivo, y no podían tener mejor resultado y combinación de elementos naturales, pues porque esas imágenes se extraen del niño que maneja el proyector de sus sueños, el yo onírico que se toma esas pausas del relato para reescribir su guión, mediante imágenes, porque las palabras parecen estar de más, porque delimitan y lamentablemente también limitan, cierran, dan significado y eliminan muchos otros posibles.
Tal vez entonces pudiéramos pensar que aquel introito escueto y vacilante no era tal, que el lenguaje sobraba, lo dañaba y oscurecía de contenido.
Tal vez por ello las ontológicas imágenes posteriores, y los intersticios del cerebro Soleriano, lo cuentan todo, al fin.